... Y EL PAN OS SERÁ DADO

Tal vez ha llegado el momento de poner fin a la maldición bíblica que nos condenaba a ganarnos el pan con el sudor de la frente. Veamos cuales son las posibilidades.

Con independencia de los condicionamientos que se deriven del cambio ecológico y de los esfuerzos que se realicen para controlarlo o revertirlo, será la tecnificación de la producción y de muchos de los servicios que actualmente realizan la personas, lo que tenga mayor impacto sobre el trabajo y, por lo tanto, sobre la forma en que se organice la sociedad del futuro, dada la vinculación actual entre trabajo, salario y supervivencia.

La reducción del número de puestos de trabajo disponibles en el próximo futuro, con independencia de los que creen las nuevas actividades que puedan existir en una sociedad distinta a la actual, se producirá, en el mejor de los casos, por la sustitución tecnológica de las personas por las máquinas y, en el peor, por la falta demanda agregada ocasionada por el desempleo y los bajos salarios. Las medidas keynesianas tradicionales: Inversión pública para aumentar la demanda, bajos tipos de interés para facilitar el acceso al crédito y regulación del mercado y la fiscalidad, resultarán insuficientes si la destrucción de puestos de trabajo tiene carácter estructural y el paro se mantiene en niveles muy altos.

La tecnificación del trabajo, que debería servir para liberar a las personas del esfuerzo físico y de la necesidad de dedicar la mayor parte de sus horas de vida a la supervivencia, puede dar lugar, si se mantiene el actual sistema económico basado en la maximización de beneficios, la acumulación de riquezas en manos de unos pocos y el crecimiento descontrolado, a un nuevo tipo de fraccionamiento social, en el que una parte de la sociedad se libere del trabajo y el resto trabaje mucho más, viva de la caridad o se convierta en innecesaria.

Peter Frase, en su libro titulado “Cuatro futuros”, plantea cuatro posibilidades:

- Una sociedad comunista, en la que se ha superado la escasez y la supervivencia ya no depende del trabajo remunerado, porque la tecnología nos ha liberado de él. En la que la actividad humana ya no estaría determinada por la necesidad, sino por el ocio y las aficiones individuales, desde la agricultura y la artesanía, al arte y la ciencia. El trabajo sería, el conjunto de aquellas actividades que nos resultaran satisfactorias y que dieran sentidos a nuestras vidas.

- Una sociedad rentista, en la que la clase dominante compuesta por los poseedores de patentes y derechos de autor, (robots, software, etc.) basaría su poder en el control del conocimiento y de la información y lo utilizaría para consolidar un sistema de extracción de rentas alternativo a la acumulación de capital tradicional. En esta dirección está actuando la actual tendencia a extender la propiedad intelectual sobre todos los ámbitos de la realidad, desde la apropiación de la naturaleza mediante la patentes de plantas y animales hasta los intentos de acotar los softwares libres.

- Una sociedad socialista, cuyas elementos definitorios serian la búsqueda de la igualdad en un marco de escasez, que dedicaría sus recursos a superar los problemas derivados del cambio ecológico, de la escasez de la energía, de los alimentos, del agua, etc. y que intentaría movilizar todos los recursos técnicos, científicos, y de mano de obra (servicios), más allá de lo que permita el libre mercado, así como una mejor distribución de la riqueza, utilizando para ello la capacidad normativa, recaudadora e inversora del Estado.

- Una sociedad caracterizada por la jerarquización y la escasez de recursos, a la que llama “Exterminista”, en la que los avances tecnológicos permitan que una élite restringida pueda vivir una vida ociosa y plena, mientras el resto de humanidad no solo no cuenta, sino que resulta superflua.

Seguramente, ninguna de las cuatro posibilidades planteadas por Peter Frase conformará el futuro. Lo más probable es que nuestro futuro sea una combinación de todas ellas, determinada por el desarrollo de las actuales correlaciones de fuerzas. La acción política, el desarrollo del pensamiento crítico de la ciudadanía y las actuaciones que, en el marco de la sociedad civil, de ello se deriven, serán determinantes en la conformación de nuestro futuro. Pero una cosa es indiscutible: en la base de cualquier solución a los problemas actuales y a los que deberemos hacer frente en las próximas décadas, estará la forma en que se resuelva la ecuación escasez-reparto de la riqueza.

En este sentido, cobran absoluta importancia las políticas que, desde este mismo momento, se puedan impulsar para desvincular el binomio salario-trabajo de la supervivencia y las que pretendan poner límites a la acumulación de la riqueza y a la mercantilización de la vida.

Fórmulas como las que proponen una renta básica universal e incondicionada, un ingreso mínimo vital suficiente y digno o cualquier otro modelo que separe la supervivencia de la necesidad de trabajar, constituyen hoy un objetivo urgente, lo mismo que una reforma fiscal realmente progresiva o la regulación intervencionista del mercado que elimine las externalizaciones de costes, la apropiación de la naturaleza, las rentas vitalicias derivadas de la creación intelectual, los comportamientos monopolistas u oligopolistas y la explotación del trabajo.

Contra las políticas tendentes a implantar una renta básica universal o similar, desde la derecha económica y política se oponen múltiples objeciones que se pueden resumir en tres: No incentivaría la búsqueda de empleo e incentivaría la economía sumergida; aumentaría el rechazo de los trabajadores hacia los empleos peor pagados y favorecería la inmigración ilegal; la inactividad daría lugar a todo tipo de vicios y corrupciones.

Nada de todo esto soporta el más mínimo análisis, porque la economía sumergida, salvo cuando se trata de sectores absolutamente residuales, es algo perfectamente tolerado por el actual sistema político económico, que se resolvería con el incremento de la inspección fiscal y laboral, con un mayor control de las instituciones financieras, con la limitación del uso del dinero en metálico y con la eliminación de los grandes focos de evasión: paraísos fiscales, exenciones, subvenciones, elusión, evasión, externalizaciones, corrupción, etc.). El argumento del rechazo hacia los trabajos peor pagados y el aumento de la inmigración no es nada más que una muestra del cinismo con que, defienden los actuales niveles de explotación y de desigualdad en el reparto de la riqueza. Finalmente, contra el último de los argumentos, solo cabe recordar que ni los subsidiados de cualquier tipo, parados, viudas, huérfanos, dependientes de cualquier tipo, ni los jubilados, ni los que disponen de la fortuna suficiente para no tener que trabajar, han caído en la pereza o el vicio. Por el contrario, todos los que están en condiciones de hacerlo, han buscado actividades que les aporten más recursos o que les proporcionen nuevas satisfacciones que llenen su vida. Porque no es la falta de trabajo lo que conduce a los parados a la marginación social, a la insatisfacción y a la frustración. Es la falta de dinero. Los que defienden que el trabajo es fuente de dignidad se refieren siempre al trabajo asalariado, con lo que pretenden legitimar la subordinación de la vida a la explotación laboral, pero no tiene en cuenta el trabajo vocacional, voluntario, altruista, artístico, etc. que las personas llevan a cabo por propia voluntad y sin exigir ningún tipo de contrapartida a cambio.

Desvincular el binomio salario-trabajo de la supervivencia y poner límites a la acumulación de la riqueza y a la mercantilización de la vida, será, si nos lo proponemos, un largo proceso y, si entendemos la revolución como un proceso acelerado de reformas en términos históricos, será una revolución que puede empezar con la introducción de alguna forma de renta básica universal y no condicionada.

No podemos saber cómo será la sociedad del futuro, pero sí que podemos saber cómo desearíamos que fuera. A ese modelo ideal al que aspiramos, es a lo que se le ha venido llamando utopía. Aspirar a una sociedad en la que ni la escasez ni el trabajo asalariado condicionen la vida de la mayoría porque se ha conseguido repartir equitativamente la riqueza, es una utopía que está a nuestro alcance.

Enrique Seijas

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