PARA ENTENDER A LA IZQUIERDA

Desde hace ya muchos años, desde finales de los setenta del pasado siglo, la descomposición de los partidos comunistas, el abandono del estalinismo por parte de la URSS, la caída del muro de Berlín y la formulación de la teoría de las terceras vías por Tony Giddens y Tony Blair, a lo que habría que añadir la ofensiva neoliberal impulsada por M. Thatcher y R. Reagan, ha sumido en el desconcierto a las izquierdas de los países desarrollados.

Aquí, intentaré exponer algunas de las causas de ese desconcierto.

El primer motivo de desconcierto estriba en que resulta difícil saber qué es lo que las izquierdas pretenden hacer, fundamentalmente porque han renunciado a la utopía, entendida como el diseño de una sociedad ideal que sirva de marco de referencia a las políticas que se pretendan aplicar.

Algunos podrían decir que los proyectos de la izquierda están suficientemente explicitados en sus programas electorales y en el conjunto de las publicaciones de sus organizaciones, pero este argumento pierde toda consistencia cuando el contenido de esos textos se compara con la realidad de los hechos. Sin duda, la falta de consistencia entre lo que se dice y lo que hace, se debe en gran parte al carácter cortoplacista de sus propuestas, dirigidas en primer lugar a conseguir el voto de los ciudadanos.

Por lo tanto, cabe suponer que los proyectos a largo plazo, estratégicos, no se explicitan ni en los programas electorales ni en otras publicaciones al alcance del ciudadano medio y, mucho menos, en los medios de comunicación de masas, que lejos de enfocarse a la formación critica de la opinión colectiva, se utilizan para la alienación y el acatamiento social de las políticas realizadas desde el poder.

La ocultación de los fines reales perseguidos por las organizaciones de izquierda en el poder se debe a múltiples factores, pero no es difícil intuir algunos de ellos:

a) La burocratización de las organizaciones, que las acaba convirtiendo en un fin en sí mismas y en una forma de vida y de sustento para sus élites, dejando así de ser un instrumento útil para la consecución de los que deberían ser sus objetivos políticos estratégicos.

b) Los intereses personales derivados de las posibilidades que el manejo de los instrumentos de poder ofrece para el enriquecimiento personal y la corrupción.

c) Las presiones de todo tipo a que se pueden ver sometidas las personas y organizaciones que participan en el entramado político, presiones que van desde la asfixia económica por parte de las instituciones financieras a las amenazas personales y profesionales a los militantes políticos por parte de otros poderes institucionales o fácticos, sin obviar las operaciones de descrédito mediante la difusión de falsedades y campañas difamatorias a través de los mass media.

Todo ello ha planteado preguntas, en primer lugar, en torno a que hacer y cómo hacerlo, para poder dar desde la izquierda una respuesta, consistente con sus valores fundamentales, a los problemas del presente. Las vías escogidas han sido, muy esquemáticamente, dos:

1) Actuar desde el interior del sistema y de sus instituciones. Esta es la vía preferida por la socialdemocracia y, en los últimos tiempos, también por aquellas organizaciones teóricamente situadas a su izquierda, como los grupos surgidos de la descomposición de los Partidos Comunistas clásicos en todas sus versiones.

2) Actuar desbordando el sistema y sus instituciones. Esta es la vía escogida por algunos grupos independentistas y otros a los que generalmente se califican como de extrema izquierda, con

independencia de la radicalidad de sus propuestas y que se caracterizan por su trabajo en la calle y en el seno de las organizaciones de la sociedad civil.

Unos y otros, se encuentran ante el problema de cómo articular en el marco histórico actual, los objetivos a corto y a largo plazo, la táctica y la estrategia, con la dificultad añadida de que no existe en este momento, como decía al principio, un objetivo estratégico común, un marco de referencia, una utopía compartida. Tal vez por esto, desde las distintas organizaciones de izquierda se proponen diferentes soluciones, que giran en torno a tres tipos de políticas:

· Políticas destinadas a solucionar los problemas del presente preservando el sistema. Este tipo de políticas resultan especialmente desconcertantes para aquellos que se sitúan políticamente en el campo de la izquierda, porque les aproximan peligrosamente a los postulados conservadores de la derecha y porque su tacticismo impide aportar soluciones radicales a los problemas a los que se enfrentan.

· Políticas destinadas a solucionar los problemas del presente, pero construyendo el futuro. Este tipo de políticas resultan en muchas ocasiones decepcionantes, porque se asemejan mucho al velo de Penélope, ya que el sistema de alternancia típico de las democracias formales permite que los sucesivos gobiernos destruyan lo realizado por gobiernos anteriores, como ha demostrado la pérdida de gran parte de los derechos sociales conquistados desde el fin de la 2ª Guerra Mundial, a partir del año 2008.

· Políticas orientadas a conseguir directamente los objetivos a largo plazo, los objetivos estratégicos. Este tipo de políticas, a las que podríamos llamar ideologistas, resultan, en muchas ocasiones desorientadoras, debido a la indefinición de sus objetivos y a que, desde el campo de la izquierda, hace muchos años que se ha dejado de hacer pedagogía en torno a ellos y a los valores en que deben sustentarse.

Si en lugar de analizar “lo que se quiere hacer”, como hacía anteriormente, no ocupamos de “lo que se puede hacer”, lo primero que deberíamos tener en cuenta son la correlaciones de fuerza existentes en la sociedad, tanto en el plano estrictamente político, (Parlamento, Senado, C. Autónomas, diputaciones y Ayuntamientos), como en el plano financiero, (de que dinero se dispone y de quien se depende para conseguirlo, Banca, militantes, etc.) y en la sociedad civil (Universidades, Sindicatos, asociaciones de todo tipo, prensa, etc.), ya que gran parte de los proyectos políticos que pretenden ser socialmente transformadores, fracasan al llegar a los parlamentos, a determinados despachos privados o son rechazados por la población, influida por campañas masivas de desinformación a las que no se puede hacer frente por falta de medios.

Por otra parte, la mayoría de las personas que se consideran de izquierda, carecen de fortuna personal y, por lo tanto, por estar sometidos a los vaivenes del mercado laboral. Esta falta de autonomía económica hace que resulten muy sensibles a las presiones emocionales de amigos y familiares, a las presiones de las empresas y, en el caso de los que se dedican a profesiones liberales, a las presiones de sus clientes, lo que puede alejar a muchos de la militancia activa y de la labor de extensión de las ideas y valores tradicionales de la izquierda.

Las correlaciones de fuerzas, (revoluciones y crisis aparte) son reacias al cambio, están sujetas a una fuerte inercia conservadora impulsada por el temor a lo nuevo desconocido, por el carácter acomodaticio de la sociedad de consumo y por esa especie de despotismo ilustrado practicado por todos los partidos, consistente en convertir la política en un asunto exclusivo de las élites, prescindiendo de la opinión y del debate con sus bases. Las correlaciones de fuerzas, en condiciones normales, solo se pueden modificar mediante una acción pedagógica, práctica y teórica, (praxis) sostenida a lo largo del tiempo, a través, con y en las organizaciones de la sociedad civil (culturales, reivindicativas, de debate, de ocio, etc.). y de la movilización de las

personas, siempre que se de en condiciones que no resulten alienantes y que permitan generar pensamiento crítico.

Las diferentes corrientes de la izquierda han propuesto diferentes alternativas que podríamos resumir esquemáticamente, en las siguientes:

- Actuar en todos los frentes a la vez: Participando en las instituciones del Estado, acatando sus normas e intentando su transformación desde dentro y también en las organizaciones de la sociedad civil, para impulsar a través de la organización, de la formación política y del espíritu crítico un cambio social significativo, al mismo tiempo que se impulsa la movilización social, de manera que a partir del análisis de los problemas concretos se amplié la comprensión popular de la realidad política y económica y la vigencia y posibilidad del proyecto ideológico que se propone como alternativa.

- Actuar solo en las instituciones oficiales más próximas al ciudadano: participando en la gestión de Ayuntamientos, mancomunidades y diputaciones, considerando que al dar respuesta a los problemas más próximos al ciudadano se podrá avanzar en la comprensión de la realidad, en la forma expuesta en el párrafo anterior.

- Actuar solo en las organizaciones de base: Participando e impulsando Cooperativas, Ateneos populares, AAVV, etc. e impulsando todo tipo de formas de auto organización surgidas del común, como los movimientos asamblearios, las movilizaciones callejeras u otras que la creatividad popular proponga.

- Actuar solo fuera de las instituciones, renunciando a la participación en cualquier tipo de organización que presuponga alguna relación con el poder político, económico, jurídico o con los medios de comunicación del Estado considerados afines a él.

Pero la respuesta a la pregunta sobre ¿qué se puede hacer?, es solo una. Nada se puede hacer si no afrontamos una transformación radical de la actual correlación de fuerzas y de la sociedad en la que vivimos. Parece evidente que cualquier cambio real de las correlaciones de fuerzas que permita políticas transformadoras efectivas, debe pasar inevitablemente por lograr cambios radicales en el imaginario colectivo, por medio de la formación critica de la sociedad y del conocimiento político de las gentes. Pero eso no será posible sin una cambio igualmente radical de la mentalidad, de las estructuras y de los comportamientos de la izquierda actual.

Enrique Seijas