LA IMPOSTURA EN EL LENGUAJE.

Los ratos de ocio que nos brinda la pandemia y el hartazgo que producen determinados discursos, me llevaron a reflexionar sobre el uso espurio que se está haciendo del lenguaje y sobre las formas en que eso se produce. El cinismo y la impostura son, sin duda, dos comportamientos que observamos con demasiada frecuencia en las élites políticas y sociales, esas que teóricamente deberían ser un modelo para todos los demás.

La Academia, define al cínico como “aquella persona que se comporta mal sin avergonzarse ni disimularlo y refiere el término a la obscenidad descarada y la falta de vergüenza a la hora de mentir o defender acciones condenables” Creo que a todos nos resultará fácil hacer una lista de varias decenas de cínicos en unos pocos minutos. Hoy son multitud los personajes públicos y las instituciones que adoptan formas de comportamiento y de vida que entran directamente en contradicción con sus palabras. Pensemos en todos esos que hablan de meritocracia y que guardan en sus bolsillos títulos académicos conseguidos sin dar un palo al agua o en instituciones que predican la pobreza evangélica al tiempo que acumulan tesoros y hacen ostentación de riqueza. Para que nadie se llame a engaño, aclararé que esta forma de entender el cinismo nada tiene que ver con la escuela socrática de Antistenes y Diógenes de Sinope.

El cinismo es la forma como se manifiesta la impostura. La Academia nos dice que la impostura es la “imputación falsa y maliciosa” el “fingimiento o engaño con apariencia de verdad” y lo equipara con engaño, mentira, falsedad, etc. La impostura es una de las formas en que hoy se concretan las relaciones políticas y se apoya en la manipulación masiva del lenguaje. Consiste en el falseamiento de los conceptos y en la mentira sistemática necesarios para que las personas estén dispuestas a aceptar acríticamente su contenido, sea por ignorancia, por comodidad o porque la mentira consolida su situación de privilegio. Que esa mentira se repita el número suficiente de veces es necesario para que llegue a ser aceptada como verdad. Se trata del viejo aforismo de Göebbels de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Lo que caracteriza la impostura, entre otras cosas, es el cambio sutil del sentido de las palabras, de manera que vayan permeando a la gente sin que se dé cuenta de lo que está pasando. Este cambio ha de ser sistemático y coherente si se quiere que cale entre la gente, aunque se aleje totalmente de esa realidad a la que pretende enmascarar.

Eso es lo está pasando con palabras como “libertad”, “igualdad” o “democracia”, entre otras muchas, cuando las usa la derecha política. Son conceptos que nacieron en el seno de la izquierda histórica y de los que la derecha se apropia cínica y necesariamente, vaciándolos de su contenido original o transformándolo, porque ella misma no puede crear un lenguaje emancipador, ya que la emancipación de las gentes pone en peligro sus privilegios y por lo tanto no puede ser uno de sus objetivos.

La Academia dice que la Libertad es “la facultad y el derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad. Es la capacidad de obrar sin impedimentos, de autodeterminarse, de elegir tanto los fines como los medios que se consideren adecuados para alcanzarlos. Pero ¿de qué libertad nos hablan los portavoces de la derecha si, al favorecer la concentración de la riqueza en manos de unos pocos y preservar todo tipo de privilegios para el reducido grupo al que representan, impiden a la mayoría elegir su forma de vivir, su capacidad de obrar, su capacidad de autodeterminarse y la posibilidad de disponer de los medios necesarios para alcanzar sus legítimos fines?

La libertad defendida por la derecha se basa en una idea sencilla: “quiero poder hacer lo que me apetezca sin que nadie me ponga límite, porque yo puedo pagármelo, puedo comprar la salud, la educación, la cultura, el bienestar material, incluso el tiempo y la vida de los que no pueden”. Los derechos colectivos no importan. Es una libertad desencadenada, que no establece vínculos con los demás, (salvo los económicos), insolidaria, carente por completo de cualquier principio ético. Una libertad que elimina cualquier obstáculo que se interponga entre el deseo y su objeto. En definitiva, se trata de que nadie se dé cuenta de que “libertad”, para ellos, significa dominación sin control, la libertad de la zorra en el gallinero.

Cuando desde la izquierda se habla de igualdad, concepto distinto del de uniformidad, se hace referencia a que todos los miembros de una sociedad deben tener los mismos derechos políti-cos y civiles, deben tener las mismas posibilidades de acceder al bienestar social, las mismas oportunidades de acceder a la educación, a la salud, al trabajo, a preservar su dignidad perso-nal, la dignidad de sus condiciones de vida y sin que en ello influya la cuna en la que se ha na-cido. Se hace referencia también a la igualdad en el acceso a la información y a la igualdad en la capacidad de obrar y decidir.

Pero en boca de la derecha, la palabra igualdad no tiene estos significados, porque si los tu-viera no supeditaría la fiscalidad y la inversión en servicios sociales básicos, como la sanidad, la enseñanza, la vivienda, etc., convertidas en sus manos en una mercancía más, al único objetivo de obtener el máximo beneficio económico. En boca de la derecha, la palabra igualdad se sos-tiene, en definitiva, en la falacia de que, gracias al esfuerzo individual, todos podemos alcanzar los privilegios de las élites, cuando tal cosa solo resulta posible para unos pocos elegidos y re-sulta imposible para todos los demás.

Lo mismo ocurre con la palabra democracia cuando se refieren a un sistema en el que no existe ni igualdad de oportunidades, ni igualdad en el acceso a la información, ni equilibrio de poderes en el manejo y control de las instituciones, llámense Estado, Banca, Prensa o Iglesia.

Nuevamente, para mantener la objetividad en las definiciones, recurro a la Academia, que de-fine la Democracia como el Sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes y distingue tres modelos básicos, a los que me ceñiré para no alargar más este artículo. Hay Democracia Indirecta o Representativa cuando la decisión es adoptada por personas reco-nocidas por el pueblo como sus representantes. Hay Democracia Participativa cuando se faci-lita a los ciudadanos el ejercicio de una influencia directa en las decisiones públicas. Final-mente, hay Democracia Directa cuando la decisión es adoptada directamente por los miem-bros del pueblo, reunidos en asamblea y a través de los mecanismos que de esta se deriven.

Resulta fácil comprender que, salvo en el caso de la democracia directa, de la que los conser-vadores de uno y otro lado abominan, la forma en la que la derecha entiende la palabra demo-cracia, (la democracia liberal, indirecta y/o participativa), está viciada por la forma en que utili-zan los conceptos de igualdad y de libertad. Se trata de una democracia absolutamente condi-cionada en su capacidad de acción y de representación por el desequilibrio del poder institu-cional, del poder financiero, la desigualdad en la distribución de la riqueza y el acceso a la cul-tura y a la información.

Está claro que la finalidad de la impostura, de la manipulación del lenguaje, es la sustitución de cualquier sistema en el que exista algún tipo de participación, control y capacidad crítica de los ciudadanos, por otro sistema en el que las élites decidan, por un sistema en que la sociedad acepte pasivamente la dominación. Quizás el mejor modelo actual de impostura política es D. Trump, que ha conseguido que sus mentiras sean aceptadas por la gente, incluso cuando es plenamente consciente de que se la está engañando.

La manipulación del lenguaje necesita ser masiva para que los nuevos contenidos de las viejas palabras acaben sustituyendo, en el imaginario colectivo, a los contenidos originales y con su misma consistencia (si todo el mundo coincide en que la tierra es plana, dará igual que en realidad sea redonda, como demuestra la condena a Galileo por sus descubrimientos astronómicos o a Miguel Servet por sus investigaciones sobre la circulación de la sangre). Pero este tipo de manipulaciones del lenguaje contienen en sí mismo una contradicción de base que nos permite desenmascararlas: se habla de democracia pero se preserva el poder de las élites. Se habla de libertad individual, pero se coarta la libertad social, se habla de igualdad pero se mantienen altos porcentajes de la población en la pobreza. Podemos encontrar mucho otros ejemplos, algunos notables, sobre este tipo de “chistosas” contradicciones que acaban siendo aceptadas por todos como algo absolutamente natural, sirva para ello la subsistencia de un partido que ha gobernado durante más de 70 años y que se llama nada menos que Partido Revolucionario Institucional. Si esto no es un oxímoron que venga dios y lo vea.

Denunciar la impostura en general y la de las élites en particular, es políticamente necesario, racionalmente imprescindible y moralmente irrenunciable.

Enrique Seijas

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