LA BALANZA DEL MIEDO

A lo largo de la historia, distintos factores han determinado los cambios que han ido
experimentando las sociedades. Así, la escasez alimentaria, la evolución técnica y científica, la
transformación de la economía, etc. han creado las condiciones para que se planteara la
necesidad del cambio social y político que alterara las relaciones de poder. Solo a título de
ejemplo, podemos mencionar las “seccesioplebis” en la antigua Roma que permitieron obtener
a las clases plebeyas algunos privilegios, mediante la amenaza de la huelga y que gracias una de
estas acciones, la seccesio Aventina, en el año 287 a.C. (retirada al monte Aventino), las
decisiones tomadas por la Asamblea de la Plebe adquirieron rango de Ley.
Otros movimientos populares se han producido a lo largo de la historia, contribuyendo a
transformar sus sociedades, baste citar Stonewall y la lucha por los derechos de la comunidad
LGBTI, a Luther King y la lucha por los derechos civiles, la Primavera de Praga o la revuelta de la
Plaza de Tiananmen y la lucha por la democracia, la revuelta de Soweto por la igualdad racial,
Gandhi y la lucha por la independencia de la India, el movimiento sufragista a favor del voto de
las mujeres, la Revolución Francesa y tantos otros que, a menudo, alteraron las relaciones de
poder entre dominantes y dominados. La desaparición de la esclavitud, de la servidumbre y el
paso de súbdito a ciudadano, la libertad sexual y el avance de la igualdad entre hombres y
mujeres son prueba de ello
Pero en todos los casos, ha jugado un papel importante un factor emocional: el miedo. Porque
las relaciones establecidas entre las clases dominantes y las clases dominadas siempre han
estado sujetas a la utilización del miedo como instrumento de coerción para conseguir el
sometimiento de los unos a los otros.
Solo cuando los dominados llegan al convencimiento colectivo de que es peor continuar
sojuzgados que exponerse a la represión por parte del poder, se han producido intentos de
cambio real. Es el momento en que aparece una relación de temor de doble sentido, ya que el
miedo se traslada a la clase dominante ante la acción concertada y masiva de los dominados,
que puede modificar o invertir la relación de poder existente. Es el momento en el que la clase
dominante puede ceder parte de sus derechos y privilegios, aunque mantenga la esperanza de
recuperarlos más adelante. Es el momento en que la balanza del miedo puede inclinarse hacia
un lado o hacia el otro.
Hasta el triunfo de la Revolución francesa y la mercantilización del trabajo, el miedo entre las
clases dominadas se debía a la opresión del amo, a la miseria, al hambre, a la enfermedad y a la
muerte, pero a partir de ese hito histórico, nuevos miedos condicionan la protesta en nuestras
sociedades.
Lo ocurrido en esta última etapa histórica, se puede sintetizar en lo siguiente:
• Surge una nueva forma de miedo, ya que la mayoría de las personas, perdida su
autonomía laboral con la llegada de la revolución industrial, perdido su
conocimiento de la sociedad y de la naturaleza a causa del desarrollo científicotécnico y los procesos de urbanización y reducidas a la condición de pura fuerza de
trabajo a la búsqueda de comprador, se ven atemorizadas por la imposibilidad de
garantizar su supervivencia. Es el miedo al azar derivado de las relaciones
mercantiles a las que nos somete el trabajo por cuenta ajena.
• La aparición de las llamadas clases medias a lo largo del siglo XX y del desarrollo de
la sociedad de consumo ha permitido que capas cada vez más amplias de la sociedad
accedan a diferentes formas de propiedad (vivienda, coche, ahorros, etc.) a costa
de identificarse con los valores, objetivos y necesidades de la clase dominante. Con
ello surge un nuevo miedo, el miedo a la pérdida de la propiedad y del estatus social
y en la mayoría de los casos, debido a la identificación con la clase dominante, el
miedo a la pérdida del propio yo, de la dignidad y el reconocimiento social.
• El concepto de libertad se ha circunscrito al ámbito económico. Las ideas de
fraternidad e igualdad, que hubieran podido asegurar el apoyo mutuo ante la
adversidad, no han llegado a tener un desarrollo efectivo. El déficit de igualdad y
fraternidad se ha ocultado bajo la máscara de la democracia formal. Los ideales de
la Revolución Francesa siguen siendo un objetivo por conquistar.
• El desarrollo de la sociedad del bienestar ha permitido amortiguar, en parte, esos
miedos, mediante una mejor distribución de la riqueza, creando seguros sanitarios,
de paro, sistemas de pensiones, enseñanza gratuita, etc. que protegen a los
individuos ante el infortunio, la vejez y las exigencias del mercado laboral,
fomentando la ilusión de una mayor libertad.
• Pero la pertenencia a las clases medias y a la sociedad consumista ha aumentado
nuestra dependencia de los avatares del mercado de trabajo, con el agravante de
que, si bien antes podíamos personificar el origen de las amenazas en el señor
feudal, el amo o el patrón, ahora esa personificación se vuelve imposible, porque no
tienen nombre ni rostro conocido y, por lo tanto, la lucha por la liberación se vuelve
mas incierta.
• Otro factor de inseguridad y por lo tanto de miedo, se debe a la sensación de fin de
etapa, a la crisis del modelo económico y al hundimiento del paradigma cultural de
la burguesía, que ha socavado la credibilidad de las instituciones y de la élite
dirigente. Es el miedo al vacío ante la creencia de que no hay alternativa y la
reaparición de propuestas reaccionarias (el líder fuerte) o simplemente fatalistas
(Dios lo quiere, me lo he merecido -pecado-, sufro aquí para gozar después -paraísono vale la pena hacer nada -despolitización-, etc. Temor que surge de la
manipulación de la historia como conocimiento del pasado y como falseamiento del
presente, de la historia como mentira.
• El miedo ha sido utilizado para dividir a la sociedad y debilitar cualquier posibilidad
de reacción colectiva ante el poder. Ese miedo nacido de la división entre el los que
son iguales pero parecen diferentes (trabajadores de diferentes orígenes), se ha
convertido en miedo entre las diferentes clases sociales, porque de la distribución
desigual de la riqueza surge el miedo a los pobres -aporofobia- que potencialmente
constituyen un agente expropiador del que, sin embargo, no pueden prescindir
porque son el origen y el sostén de su riqueza.
• Vemos pues, como la relación de poder en la sociedad actual se sustenta sobre un
amplio abanico de miedos, sobre un equilibrio de miedos: desde el miedo físico a la
agresión, el miedo al otro, a la exclusión, a nuestra propia incapacidad, a la pérdida
del estatus social, a la perdida de la propiedad, de la autonomía personal, a la
dependencia y al aislamiento, para unos y a la pérdida del poder y de la riqueza por
otros.
Vivimos en sociedades atemorizadas que nos invitan a renunciar fácilmente a espacios
crecientes de nuestra libertad.
El dilema dentro del sistema capitalista se plantea en torno a cuál de las dos opciones
siguientes le permite obtener mayores beneficios:
1) Construir una sociedad integradora, basada en una distribución más equitativa de la
riqueza, garantizando a todas las personas un nivel de vida digno y suficiente mediante la
extensión de las políticas sociales, de la igualdad de oportunidades y del acceso universal a
la cultura, que ideológicamente se suele justificar como la construcción de un proyecto
colectivo (nacionalismo, europeísmo, patria, sentimiento de pertenencia cultural, etc.) por
una parte y en el incremento de los mecanismos de participación, los derechos sociales, el
respeto a la naturaleza y la lucha contra el cambio climático y la contaminación por otra.
2) Construir una sociedad basada en un incremento directo de la tasa de explotación,
mediante la reducción de salarios y el desmantelamiento de las políticas sociales, que utilice
el miedo para evitar que la confrontación social obligue a realizar políticas que reduzcan los
beneficios empresariales. Esta solución, se justificaría ideológicamente recurriendo a la falta
de alternativas y su principal problema consiste en que el miedo, como factor de control
social, actúa en dos direcciones: las clases trabajadoras temen perder lo poco que tienen o
creen tener y las clases poseedoras temen que la distribución desigual de la riqueza provoque
revueltas sociales que acaben poniendo en riesgo sus propiedades o su seguridad personal.
El neoliberalismo decadente ha optado por esta última solución y ha puesto todo su aparato
ideológico a su servicio, consciente de la necesidad de evitar que las clases trabajadoras
superen su miedo, porque podría enfrentarse a nuevas situaciones revolucionarias (15 M,
occupy wall Street, revueltas del mundo árabe, etc.)
Europa también tiene que optar entre imponer un gobierno tecnocrático al servicio del
capital financiero (Organismos internacionales, BCE, Comisión, Consejo etc.) apoyado en la
represión y el control de las masas mediante la burocracia, la violencia jurídico-policial y la
restricción de las libertades o la superación del miedo, un nuevo reparto del poder y de la
riqueza y la generalización de mecanismos de democracia real, que posibiliten la
participación masiva de los ciudadanos en el debate político y en la toma de decisiones, en
la gestión de la economía y en la producción de cultura.
En esas estamos.

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