DESMONTANDO EL FRAUDE NEOLIBERAL

Han pasado casi 50 años desde que el general Pinochet derribo el gobierno democrático de Salvador Allende y empezó el experimento monetarista en Chile. Han pasado 40 años desde que Ronald Reagan y Margaret Thatcher impusieron las doctrinas neoliberales al resto del mundo. Han pasado 30 años desde la firma del llamado Consenso de Washington y sus propuestas para reformar el orden económico existente hasta aquel momento, para desregular, privatizar los servicios sociales y desmantelar fiscalmente la economía de los países del área capitalista. Han pasado 20 años desde que el Presidente Bill Clinton derogó la Ley Glass-Steagall, acabando con la separación entre la Banca de depósito y la Banca de inversión y abriendo la puerta a la especulación ilimitada que ha caracterizado al sector financiero estas últimas décadas.

La nueva doctrina económica impulsada sistemáticamente a los largo de estos años, se basaba en una serie de falsos dogmas, como ha evidenciado la crisis inacabada que se inició el año 2007 y que se ha prolongado con la pandemia del 2020.

Contra lo que esos dogmas sostenían, los déficits del presupuesto estatal no son intrínsecamente negativos para la economía porque absorban ahorro nacional, aumenten los tipos de interés y disminuyen las tasas de inversión financiadas con los ahorros de las familias, ya que, estos déficits, hoy están entre los más abultados de la historia, las tasas de inversión son cortas porque no encuentran proyectos rentables y los tipos de interés son más bajos que nunca.

La desregulación del mercado de trabajo no ha contribuido a mejorar el desarrollo económico. Por el contrario, ha precarizado, empobrecido y endeudado a los asalariados y a gran parte de las llamadas clases medias, dificultando su acceso a la vivienda y al consumo en general.

Una catástrofe como la actual pandemia, prevista pero ignorada, ha puesto de relieve el carácter criminal del desmantelamiento de la protección social y de la falta de políticas redistributivas. No sabemos cuántas muertes se pueden atribuir a la desinversión-privatización en sanidad e investigación llevada a cabo con especial intensidad desde el año 2008.

Burbujas como la financiera y la de la construcción han destruido uno de los tópicos más repetidos por los epígonos del neoliberalismo. Es sencillamente falso que los mercados se autorregulen. Otro de sus tópicos consiste en afirmar que el orden económico actual carece de alternativa. No sabemos si el capitalismo tendrá alternativa y, en caso afirmativo, cual será, pero lo que si podemos afirmar es que el neoliberalismo sí que tiene alternativa. Son muchos los pensadores que han escrito sobre ellas y muchas las propuestas que se han hecho desde la economía crítica, demostrando que la Ley Natural nada tiene que ver con el actual sistema de acumulación intensiva de la riqueza en manos de unos pocos. Solo hacen falta políticas decididas y llevarlas a cabo.

Tampoco es cierto que la crisis actual se deba al despilfarro de la mayoría. Ha sido desde el mundo financiero, desde donde se ha impulsado el consumo a través del crédito.

Porque ha sido el crédito, el endeudamiento de los Estados insuficientemente dotados y de los trabajadores insuficientemente pagados, lo que ha proporcionado al capital tasas de ganancia más elevadas que las alcanzables invirtiendo en la economía real.

Muchos políticos y economistas neoliberales han pretendido justificar la eliminación de la progresividad de los impuestos en la famosa Curva de Laffer. Tras todos estos años, nadie ha podido presentar una evidencia empírica que demuestre su validez. El aumento de la inversión no es una función del incremento de la riqueza de los más ricos.

Quiebras empresariales tan destructivas para la economía como las de Lehman Brothers, AIG, Washington Mutual, World.com, Enrom, General Motors, Conseco y muchas otras que harían esta lista interminable, demuestran fehacientemente que es falsa la afirmación de que la iniciativa privada gestiona mejor. Finalmente ha tenido que ser el Estado el que acudiera al rescate de aquellos, cuya desaparición hubiera tenido consecuencias sociales desastrosas.

Todo ello demuestra que es falsa la afirmación de que “el Estado no debe intervenir en la regulación del comercio exterior ni en la regulación de los mercados financieros, porque la libre circulación de capitales ya garantiza la distribución más eficiente de los recursos a escala internacional”. Sería para echarse a reír si pudiéramos olvidarnos de sus consecuencias.

Las políticas neoliberales están en el origen del aumento del desempleo, de la caída de la demanda y de la ralentización de la inversión productiva, porque se han orientado exprimir los presupuestos públicos, a endeudar a los Estados recortando su financiación y limitando su capacidad de inversión y porque han provocado un largo periodo de inestabilidad financiera, fácilmente constatable por la variabilidad de los índices bursátiles y la frecuencia de los escándalos económicos.

Resulta manifiesta la falta de consistencia de la doctrina neoliberal y la falsedad de sus dogmas, pero también conviene destacar las principales consecuencias derivadas de su aplicación.

El nivel de vida de la mayoría de los trabajadores, incluidos los que se consideraban pertenecientes a las mal llamadas clases medias, ha descendido como consecuencia de la reducción de los salarios reales, de los recortes presupuestarios y de la privatización de los servicios sociales.

Se ha producido una doble división en el seno de la clase trabajadora, por la diferencia entre salarios viejos y contratos fijos y salarios nuevos y contratos temporales, para trabajadores que realizan la misma función.

Los nuevos puestos de trabajo son, en gran parte, de escasa calidad, mal pagados y temporales. En muchos casos, se han creado para sustituir a empleados antiguos y mejor retribuidos, a los que se ha jubilado anticipadamente recargando artificialmente la nómina de las pensiones y en consecuencia el gasto del Estado.

Para ocultar la realidad, todos los países han falseado los datos del paro utilizando diferentes artificios legales, como considerar activos a quienes trabajan una hora al mes o considerar empresarios a los falsos autónomos.

Las políticas fiscales implementadas se han orientado a favorecer a las rentas del capital y a las personas más ricas, limitando la progresividad de los sistemas y abundando en todo tipo de bonificaciones, desgravaciones e instituciones de inversión de fiscalidad reducida, como las SICAV, fondos de pensiones, etc.

Hemos vivido 50 años de políticas fracasadas y ha llegado el momento de gritar bien alto que “el rey está desnudo” y que es necesario cambiar radicalmente las políticas seguidas hasta ahora. El problema del desempleo y del escaso y desequilibrado desarrollo económico tiene solución si se invierte en políticas sociales, ambientales y culturales, si se aumenta la demanda cambiando las políticas salariales y de vivienda (hoy la vivienda constituye un sistema de extracción de rentas, en favor de una minoría empresarial y financiera, que se detraen del consumo general), si se invierte en capital humano, en infraestructuras físicas y en investigación, si se aumenta la progresividad del sistema fiscal, para aumentar la capacidad inversora del Estado y la financiación de los servicios sociales necesarios.

Todo ello es posible. Los que se han beneficiado del actual estado de cosas se resistirán a cualquier cambio que amenace sus privilegios. Los perjudicados por el actual estado de cosas somos muchos más. Como rezaba el slogan de campaña de un presidente americano: Nosotros podemos.

Enrique Seijas

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